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Una estrella. Chris sabe de éxitos. Sus canciones se escuchan en toda la región.

Chris Syler y el juego con el infierno

El artista boliviano-estadounidense habla sobre su divorcio, su concepto del amor y su enfermedad renal


06/01/2019

Chris Syler siempre lo supo. Es un chiflado. Un loco. Salió de su casa y cayó en Miami. No conocía a nadie. Podía abrir una lata y llevarse a la boca esa asquerosa comida de gato. Podía sentarse en las oficinas de Sony y no se iría de allí hasta que le dieran atención y le aceptaran un disco suyo. En Bolivia una mujer lo esperaba y llevaba a su hijo en el vientre.

Chris, hacia la oscuridad

Sí. Chris sabe de infiernos. Sabe de ir en picada. Sabe de sufrimientos. Siempre peleó contra esos monstruos y buscó que su nombre jamás se manchara. No querría nunca que lo recordaran como un “borracho, inútil, estúpido o un sinvergüenza que no quiso hacer nada por su familia”.



Es por eso que una vez se enamoró mucho y selló su idilio por 11 años, nueve de ellos unidos por el “sí, quiero” ante Dios. Pero de pronto todo se terminó. “El amor es de dos y cuando no siguen la misma brújula, se acaba. Es como una bomba de tiempo y la mía explotó”, relata.

Sí. Fue el amor de su vida. Nunca tuvo una relación tan seria y tan extensa como la que llevó con Claudia Vargas. Después de tres años es difícil hablar de una separación. Para cualquiera lo sería. Y lo expulsa: él y Claudia eran muy jóvenes para encarar un embarazo. Él tenía 21 y ella, 20. Ninguno pensó en planificar un hijo. “Sí. Fui un irresponsable, ahí está. Pero mi hijo fue hecho con mucho amor. No hubo alcohol de por medio. ¿Quién planifica un embarazo a sus 21 años?”, dice.

Y sus palabras se detienen cuando se le pregunta si su pequeño Lucas (ahora tiene 10 años) es un error. “Si fue un error, es el error más alucinante de mi vida”, encara de nuevo. Sigue girando en torno a aquello y lo que vendrá, serán 20 segundos de silencio absoluto. Después, tragará saliva y dirá: “Lo que faltó fue información necesaria y temprana en aquello que yo fallé. Pero no hay arrepentimiento de nada. Si lo hubiera, estaría revolcándome”.

Llega un látigo más. El intérprete de La hora se perdió el momento más preciado que pueda tener un ser humano: la dulce espera. “Me perdí el embarazo de mi exmujer. No estuve con ella durante los primeros siete meses, porque me fui a Miami con una mano adelante y otra atrás. No conocía a nadie allá”, declara. En esa ciudad tenía que tejer todos sus sueños y eso era lo que deseaba tanto.



Si pasaría la puerta de El ministerio del tiempo, volvería a la misma decisión. No porque sea un testarudo, sino porque simplemente tenía que hacerlo e igual su hijo vería la luz. No deja suelta la idea: “Tuve una madre que se anotó para acompañar a Claudia. Ella se encargó de tratar a mi mujer como una reina”.

Chris, hacia la luz

Se divorció. Y volvió a enamorarse, porque no puede con su carácter. El solterío y él definitivamente no combinan. La magia duró meses, no recuerda cuántos, y hoy otra vez está solo. 

Es un hombre emocional. Pero a esa palabra hay que ponerle un “muy” repetido siete veces para que llegue a definirlo totalmente. Es de esos que entrega todo y se deja llevar por la emoción de amar. Pero él es así y no puede dejar de serlo. En eso se extiende: “No hay fuerza mayor que el amor, no le hago lance a esa vaina. Pensé que iba a ser un desmadre, que cuando saliera del matrimonio estaría con mil modelos. Pero me di cuenta de que no le hago a las modelos, tráiganme a las gorditas, me gustan más”. Y deja escapar una risita.

Es un romántico a mil. Un conquistador. Un detallista. Un ‘gentleman’. Si va a estar detrás de alguien, es para que la ponga patas arriba emocionalmente, le entregue todo el amor y eso se vuelva a él. “Estoy cargado de amor, no sé dónde voy a meter tanto. Me enamoro fácil, pero el amor es el mejor negocio que podés hacer. Invertís cero, pero ganás mil. Solo que es traumatizante cuando terminás haciendo burreras”, completa.



Chris, la luz y la oscuridad

Quizás al jurado de Factor X le gusta estar entre el cielo y el infierno. Una vez sufrió de hernias y tuvo que operarse. También tuvo problemas renales. No tuvo miedo y orinó esa piedra que le punzaba el estómago. Ahora ya está mucho mejor. Extraña la compañía de una dama. Le gustaría enamorarse de nuevo y no es de esos que se aventura por la noche para tener una relación que dure hasta que la arena del reloj llegue a su fin.

Le gustan las cosas serias. Extraña que alguien le diga que se siente a su lado y deje de componer canciones. Le gusta que le ordenen su vida. ¿Casarse? “Me haría bien o ¿no?”. Es lo que dice jugando de nuevo con las palabras. Y ríe. No tiene prisa. Pero sí quiere más retoños, tres o cuatro. Si tuviera una hija, la llamaría Silvia, como su mamá.

“Vengo de un hogar en el que me inculcaron valores. Mi padre y la familia de mi padre tenían problemas con el alcohol y mi madre se encargó de enseñarnos el camino del bien. Recién tomé a los 30. Y si ahora bebo es un vino en un cóctel”, cuenta. Su papá ya dejó esta Tierra. Un problema pulmonar le arrancó la vida por tanto fumar, lo mismo sucedió con la abuela paterna.

Antes tenía un trauma con su edad. Eso a los 27. No le gustaba decir cuántos años tenía. Era un rollo en la cabeza, que ya logró superar. Tiene 32. Y lo dice abiertamente. A los 42 espera haber llegado al top 10 de los más grandes artistas latinoamericanos. Sabe que tiene que trabajar mucho para eso. También desea ver a su hijo realizado, quizás no en los escenarios, sino en algo que tenga que ver con sus sueños. Por ahí le haga un guiño la pelea. Esa ha estado presente siempre en los Syler.

Su hermano mayor fue integrante de la UFC, su hermano menor va por ese camino y él llevó los puños arriba por siete largos años. Pero no estaba destinado a saltar en un ring, lo suyo siempre fue ser una estrella.

Tiene ego. Hubiera sido mejor que no lo tuviera, pero todo artista lo necesita para sobrevivir en el mundo desleal del espectáculo. No puede ser un Maluma, aunque quisiera serlo. No puede ser un J Balvin, aunque también pudiera trabajar en ello. Pero las frustraciones no van con él. Es solo Chris Syler.

El productor, que sabe lo que es estar en HTV, revela que empezó a leer sicología, filosofía y textos de superación a sus 24 para encontrarse a sí mismo.

Tiene miedo a la muerte. Alguna vez vio a su hijo de traje parado frente a su ataúd. Le horroriza pensar que subirá de nuevo a un avión. Su misma esencia es su kryptonita. Para cerrar todo lanza: “No he trabajado 20 años para que una modelo me deje por uno más rico o más churro. Me gusta irme por el camino pavimentado y no por el de tierra, porque después tenés que lavar la camioneta”.

Y arremete: “Hay muchas chicas con ego, pero no me asustan las modelos. Solo que el artista soy yo, no te olvidés de eso”. La razón se la da ese millón de seguidores en Facebook.