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Bella y espontánea, así se mostró ante EL DEBER. Foto: Carlos Rodríguez. Vestuario: Rodolfo Pinto

“Las cosas difíciles de la vida me convirtieron en la mujer que soy ahora”

Antes de ser miss Bolivia, Joyce Prado creció en un hogar muy humilde. EL DEBER la fotografió en San Javier donde se crio, creció, jugó y se convirtió en toda una mujer 


05/08/2018

No es un cliché. Siempre se vio con una corona de reina sobre su cabeza. Siempre se vio vestida de gala sonriendo y saludando sobre el escenario. Parece que atrajo tanto ese anhelo hacia ella que un día llegó -después de mucho esfuerzo- y la hizo feliz. Joyce Prado Ribera no abrió los ojos en una cuna de oro. No. Durmió dentro de una casa de adobe. Sí. Jugó en las calles de polvo de San Javier y aprendió a leer y a escribir en colegios fiscales de barrio.

Sabe de incomodidades en un micro. Sabe qué es no tener agua para bañarse o cocinar. Sabe cómo se arruga el corazón cuando los papás se separan para siempre. Sabe qué es vivir con los quintos contados. El título de Promociones Gloria no le devolvió todo lo que una chica de pueblo hubiera querido tener, pero le dio fama y un boleto al certamen universal para diciembre, donde será Bolivia.

Esta casa de adobe, en San Javier, la abrazó cuando aún era una bebé. Hoy esa pequeña creció y se convirtió en miss Bolivia

 

¿Quién es realmente?

Joyce llegó al mundo un 6 de junio de 1997. La parió una tierra fértil como Santa Cruz, pero ni bien nació, su mamá, Silvia Adela Ribera, se la llevó a San Javier, en la provincia Ñuflo de Chávez. Mientras la mamá trabajaba, una nana de nombre Ana Isabel Ortiz le dio de amamantar, la cobijó en su seno y le entregó todo su amor bajo un techo de motacú sostenido por la pared de adobe que, con el tiempo, se fue resquebrajando poco a poco. Allí la niña vio pasar las estaciones del año entre sus 7 meses y 2 años. Allí volvió hecha una mujer, ostentando la banda de miss Bolivia. Y cuando abrió la puerta de madera recordó todo.

Esa casa no le dio lujos, pero sí mucho cariño. La mujer de crianza no recuerda ninguna travesura de Joyce, porque dice que siempre fue una niña obediente y tranquila. Pasó carencias, sí, pero aprendió a sonreírle a la vida. Jugó en una calle de tierra, se trepaba a los árboles con sus amiguitos y corría entremedio del alambrado que protegía su hogar. Intercaló los colegios fiscales entre Santa Cruz y San Javier, y a sus nueve años la vida le dio un golpe bajo. Nada la consoló. Su padre, Manfredo Ernesto Prado, cerró la puerta de su casa y jamás volvió. Un avión se lo llevó a Italia y lo separó de su retoño durante tres años. Eso marcaría para siempre la separación de los papás de una niña confundida y cuyos ojos se tornaron rojos por mucho tiempo.

Llegó el momento y se mudó a Santa Cruz. Vivió en el barrio Lazareto, donde muchas veces no tuvo agua para cocinar ni para bañarse, donde su madre tenía que trabajar todo el día para mantenerla a ella (hoy es peluquera) y a sus dos hermanas. Joyce decía que ya era grande y podía ayudar. Subía al micro cuando Thaiz tenía apenas un año y Fiorella, seis. "No sé cómo la hacía, pero bajaba con las dos del colectivo", recuerda.

En la puerta de madera que la vio crecer. Joyce volvió a desempolvar todos sus recuerdos de niña. Su nana, Ana Isabel Ortiz, la recibió de nuevo 

 

Rumbo a su sueño

Tenía 15 cuando entró a Promociones Gloria. Dos años después se alzaba como srta. Litoral 2015. Esa vez no pudo conseguir la corona, pero se preparó otra vez y triunfó en el Miss Bolivia de este año. "No perdí. Gané experiencia", dice. "La vida me enseñó que las cosas son difíciles, pero que lo último que se pierde es la esperanza. Ahora quiero llevar este mensaje a las personas", añade.

No tuvo dinero para comprarse el último iPhone o un televisor 4k, pero siempre trabajó. Ahorró dinero para ingresar al mundo de la belleza y todo lo que tiene es fruto de su propio esfuerzo y de su familia. Sus abuelos, su madre, sus tías y sus primas le ayudaron a hacer más grandes sus ahorros. Y nunca dejaron de apoyarla. Sabe del calor familiar. Sabe lo que es no perder la fe. Sabe que no hay otra cosa mejor que la familia, pese a las tormentas.

Tuvo que pasar por días grises para ser ella: "Las cosas difíciles de la vida me convirtieron en la mujer que soy ahora. Siempre he sido perseverante". Esa energía que emite de sus ojos la lleva siempre intacta. Esa figura, de 1,80 m, la paseará en el Miss Universo cuando se desarrolle en Tailandia en diciembre. Reconoce que es difícil que tomen en cuenta a Bolivia, porque el nombre del país "no tiene peso" comparado con Colombia, Venezuela y EEUU, pero promete dar todo para llegar a la cima.

Usando una creación de Rodolfo Pinto. Su sensualidad se fusionó de maravilla con la iglesia de San Javier, un Patrimonio de la Humanidad, según la Unesco

 

La sigue remando

No tiene el carruaje de la duquesa de Sussex, pero es una cenicienta viviendo un sueño. Sigue 'viajando' en micro, porque cree que el dinero debe ser invertido en otras cosas que no sean un taxi o un Uber. Todos sus vestidos que llevará a Bangkok serán los premios de los diseñadores que ganó en el Miss Bolivia, porque no tiene dinero para comprarse otros.

No tiene casa. Siempre vivió en alquiler. Y sabe cocinar. Le encanta. También sabe de certámenes internacionales. En 2015 compitió en el Miss Turismo en Malasia, donde quedó en el top 10, y ese año también fue al Miss Model of the World en China. Pronto volverá al sur de Asia por la preciada corona que hoy ostenta la sudafricana Demi-Leigh Nel-Peters y que ninguna boliviana ha podido obtener en 66 años.

Posando en uno de los horcones de la iglesia de San Javier

 

Eso sí y eso no

Calla cuando se le pregunta sobre prostitución, corrupción, el 21-F y sobre el presidente Evo Morales y el gobernador cruceño Rubén Costas. "Prefiero mantenerme al margen de la política", pide. No habla de su relación amorosa que lleva desde hace cinco años y no quiere dar el nombre de su novio, porque prefiere mantenerlo alejado de los flashes. Sobre el aborto, dice: "Estoy en contra, pero lo respeto y la decisión final la tiene la persona". Cree en Dios y no le incomoda una relación homosexual. Condena el bullying. Recuerda que la llamaban Avatar en el colegio, pero eso jamás la molestó.

Bella, honesta y simplemente Joyce Prado. Otra vez, con un vestuario de Rodolfo Pinto, ante el lente del fotógrafo boliviano Carlos Rodríguez

 

Tiene redes sociales y ya vio un meme donde se burlan de ella. "No le hago caso, lo ignoro", asegura. Ella quiere seguir siendo miss y representar a las mujeres. Se operó del busto y estos días se iba a retocar las orejas. Un día dejará los apuros para convertirse en una odontóloga. Y está orgullosa de representar a San Javier, ese pueblo silencioso que vibra cuando la ve y cuyos habitantes no se cansan de pedirle una selfi.

Ese pueblo la abrazó entre vacas, bizcochos y cultura viva, y espera que vuelva triunfante de Tailandia. Para los javiereños, Joyce es una celebridad y para Bolivia, la más bella.

En el mercado central de San Javier. Aquí Joyce degustaba los tradicionales bizcochos del pueblo. Antes era una más, ahora la gente le pide selfis

 

La reina de belleza, con sus primas Carla y Vaneccy Aguilera. Son inseparables

 

 



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