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Óliver Montoya, más allá del humor y de la soltería

Confesionario. Su segundo nombre es Halley. No se considera un galán como William Levy. Nació para hacer reír a los demás. Es una estrella que crece


02/12/2018

Está nervioso. Retuerce sus manos mientras se acomoda frente a los reflectores. Imposible de creer, pero sí, las cámaras lo intimidan. Y es que cambiar de atuendos, actuar y usar disfraces no es tan difícil como desnudar el alma.

Óliver Halley Montoya Torrico (sí, tiene otro nombre) se pinta los labios de fucsia, peina su peluca “para que no se ‘frizee’”, se pone la ropa interior con relleno para arriba y para atrás, y toma las brochas de maquillaje. Así se transforma en su amiga Anabel Angus.

El origen de la risa

Nació hace 32 años en Santa Cruz, producto del amor entre Nelson y Litta. Tiene dos hermanos: Gustavo (42) y Lourdes (41). Cuando era adolescente su padre dejó de trabajar en YPFB e invirtió en un negocio de llamadas. Allí, Óliver estuvo metido desde sus 16 años.

Al salir del colegio Justo Leigue, estudió Redes y Telecomunicaciones, y nunca dejó de trabajar. Se hacía su platita ‘extra’ armando computadoras e instalando programas con un amigo. Cuando estaba a punto de terminar la universidad, entró a la imprenta de su padre y fue en ese momento que Adolfo Mier Rivas apareció en su vida. El director de teatro lo llamó para actuar en Hombres Trabajando. Con eso saltaba a la vida pública para siempre.

En la sesión fotográfica, el vestido se levanta por el ventilador a lo ‘Marilyn Monroe’. ‘Clic’, hace la cámara de Julio González. Él se acomoda, ríe y sigue hablando.

Las luces del teatro

Vino a este mundo con ese ‘algo’ para hacer reír. En los juntes familiares no faltaba el amigo que le pedía que “cuente un chiste”. Se destacó en algunos concursos del cole y cuando cumplió 18, su madre lo llevó al taller del ‘Oso’ Mier. “A ella le debo estar aquí”, dice.

Su primera obra profesional fue Floripondia no te rajes, con ella conoció la dulzura y la amargura de estar sobre las tablas. “Aprendí que había días en que la sala podía estar repleta y otros en los que solo estaban 10 personas, y que había ocasiones en que nadie se reiría de un chiste. Aun así, supe que eso era lo mío”, expresa.

Sus personajes los crea él y en su mayoría son imitaciones. “Uno de los primeros es el limpiavidrios. Me puse unos ‘chores’ (short) viejos y usé el limpiador de mi madre. Fue un éxito”, se acuerda. Algunas de sus interpretaciones le valieron felicitaciones, como en el caso del futbolista Alejandro Chumacero, que incluso le escribió para agradecerle por imitarlo “tan bien”. Eso se sintió bonito.

Fue parte de Chaplin Show durante siete años y se dio una pausa para reponer fuerzas. Volvió a actuar por una invitación que este año le hizo Mier y ahora es parte de Multiteatro. También realiza shows privados. “Gano bien, pero hay otros comediantes que cobran más que yo”, asegura. Si bien no quiere decir cuánto lucra, al parecer le va muy, pero muy bien.

Se despinta la cara con una toalla y se pone algo casual. El peinado, con un ‘cachito’, es una de sus herramientas para ‘conquistar’.

La magia de la ‘caja boba’

Era 2006. Empezó en Full TV. Un año después entró a Activa TV y durante algunos meses hizo programas de humor. En 2012 participó en Fuera de chiste, de Unitel, y ahí conoció a Grisel Quiroga, alguien a quien le gustaría imitar.

El ‘golpe de gracia’ le llegó cuando menos se lo esperaba. Miraba una película y vibró su celular. Le preguntaron si podía reemplazar a Ronico Cuéllar, porque estaba de vacaciones. No durmió toda la noche pensando. Una sensación extraña recorrió su cuerpo y lo indispuso. Era un reto importante. “Ahí todos (los del canal) me guiaron para no hacer un papelón. Estoy muy agradecido y aprendo mucho de todos mis colegas, los admiro”, relata.

En más de una ocasión le preguntaron si se siente ‘eclipsado’ por el carisma de Ronico y confiesa que su intención no es ‘brillar’ en la TV. No busca estar por encima de nadie. “En las tablas pueden ver mi transformación, porque ahí interactúo con la gente”, expresa.

El chico ‘churro’

Con él es imposible dejar de reír mientras se charla. No se cree un galán de telenovelas, pero se anima a calificarse: 70 sobre 100. Pero 80 puntos si está peinado. Eso sí, es coquetísimo, pero no enamoradizo. Le encanta hacer reír a las ‘muchachuelas’, pero “las experiencias le enseñaron a ser cauteloso”.

Sus relaciones terminaron porque no tiene tiempo suficiente para dedicarle a una pareja. “Trabajo en las mañanas, tardes y noches. Solo quiero descansar, así que me critican porque prefiero quedarme en la cama”, cuenta.

Una cita perfecta con Óliver puede ser cualquier día de la semana y antes de las 10 de la noche. Ese momento romántico puede incluir una peli y una pizza (aquí, suspirar por favor).

“Soy un chico sencillo, disciplinado, un poco tímido, no me parezco a Locango, el personaje que interpreté en Despéiname la vida. No llego a un lugar a arrasar, pero luego tomo confianza y ‘agarrate Catalina’”, confiesa. Y ríe otra vez.

Guarda sus cosas en el maletín. No huye. Solo debe irse a trabajar. Mañana, lunes, volverá a la luz. Se vestirá de algo. Lo sabe, pero no lo quiere decir. Será en La revista.



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